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Al final me puse rojo

¿Por qué los príncipes de ensueño han de ser azules y no rojos? ¿Por qué se considera el blanco el color de la pureza y el negro un color lúgubre y de mal agüero?

Existe una simbología oculta en los colores, de modo que no es casual que los partidos políticos o las marcas comerciales elijan unos u otros. En este último caso podemos recordar cómo Coca-Cola se las ingenió en su día para que el traje de Papa Noel dejase de ser verde y blanco para convertirse en rojo y blanco con el fin de asociarlo a la imagen corporativa del popular refresco.

Hay géneros literarios (novela negra, novela rosa), tonalidades de voz (voz negra o voces blancas), movimientos políticos (“La Marcha Verde”, por ejemplo), estilos pictóricos (el Tenebrismo, del que Caravaggio fue un virtuoso) o incluso equipos de fútbol que son identificados con unos colores (equipo blaugrana, equipo merengue…) De modo que una simple alusión a un color o a unos colores sitúa al oyente en la perspectiva que se desea.

Podría escribir sobre reyes que pasaron a la historia por su tradicional indumentaria negra (Felipe II es un buen ejemplo), o sobre  líderes religiosos que supuestamente vestían una túnica blanca (Jesús de Nazaret, los miembros de la secta judía de los esenios, o algunos sufíes dentro del islamismo) o incluso sobre movimientos religiosos identificados con túnicas de color azafrán. Es más, podría evocar la púrpura cardenalicia.

Pero no. Mejor buscaría otro tema.

Tal vez, podría detenerme en la vinculación de los colores con circunstancias históricas concretas (el “Black Power” quizá, o, por oposición, los uniformes de los fantoches de Ku Klux Klan, antagonistas de los primeros por su negativa a que los hombres “de color” gozasen de los mismos derechos y libertades que el “hombre blanco”). Es más, podría dedicar unas líneas al uso peyorativo y claramente racista con que se emplean en muchas ocasiones los colores (invasión “amarilla”, “piel roja” o “negro”)

Durante unos instantes, consideré la posibilidad de escribir sobre política, porque al leer en alguna parte que el color azul está asociado con lo fantástico, con la libertad y los sueños me invadió una sensación de confusión absoluta, pues no alcanzaba a comprender qué parte de la historia del Partido Popular desconozco, porque no le veo encuadre a la gaviota entre tanta virtud. No obstante, al reparar en que el azul es el color idóneo para representar a los congelados, comencé a mostrarme más flexible. A lo mejor, concluí, ahora tenía sentido lo del azul y la gaviota.

Pero no me voy a deslizar por ahí, porque la mayoría de los españoles estaría en desacuerdo con lo que yo pudiera pensar al respecto, como prueban las sucesivas victorias electorales de los “azules”. Casualmente, recordé, el mismo color de las camisas de Falange en los años oscuros –otra vez los colores– de nuestra historia.

Precisamente, en aquellos tiempos, los “rojos” tenían rabo y tridente, porque eran el Mal por antonomasia, y el Malo por antonomasia era el Demonio, a quien se representaba del mismo color. Lo malo era rojo. Ahora, lo rojo apenas se lleva en política. Las viejas banderas mudan de color. Ya no hay izquierdas ni derechas, dicen algunos predicadores de mucho gesto y aspaviento. De modo que se inventan colores nuevos –morados, naranjas…– Se trata de no molestar con los colores del pasado para volver a decir lo mismo. Pero resulta que hasta la mentira más infantil, la impostura adornada con nuevos colores, tiene éxito, de modo que guardaré silencio, como con los “azules”. No quiero correr el riesgo de que me pongan “verde”.

También consideré la posibilidad de escribir un artículo en el que todo fuera de color de rosa, como decían que era la vida en Francia en los años veinte del pasado siglo. O podría haber escrito sobre algún período histórico de un determinado color (tal vez, el bienio negro) o demorarme desgranando episodios de alguna guerra definida por colores (la de las Dos Rosas, quizá).

Y así, he llegado al final de este artículo sin saber muy bien sobre qué escribir. Me siento realmente avergonzado, aunque vosotros, los pacientes lectores que habéis llegado hasta esta última línea, no lo veis. Pero, creedme, me he puesto “rojo”.

 

Mariano F. Urresti

 

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