Tuesday 25th June 2019,
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El visitante del museo, El Apocalipsis según Lopushansky

 

Por Gregorio Muelas Bermúdez

Tras el éxito de Cartas de un hombre muerto (Pisma myortvogo cheloveka, 1986), el cineasta soviético de origen ucraniano Konstantin Lopushansky regresa al drama de ciencia-ficción con El visitante del museo (Posetitel muzeya, 1989), donde aborda de nuevo una historia post-apocalíptica con una buena dosis de surrealismo al narrar una trama muy peculiar que se sitúa en las antípodas del cine soviético de la época.

Ayudante de dirección de Andrei Tarkovski en Stalker (1979), Lopushansky parece querer emular a su maestro narrando las terribles consecuencias de un conflicto nuclear que acaba destruyendo a la civilización humana. Sin embargo, qué difícil es ser Tarkovski, pues el discípulo, a pesar de un esforzado trabajo en la puesta en escena, no alcanza ni la altura estética, ni la carga existencialista, ni la hondura lírica de la obra maestra de Andrei; no obstante, la película de Lopushansky no carece de belleza, si bien oscura y singular, ni de reflexión, y salvando las distancias, podríamos argüir que donde el último flojea es en un guión difícil de llevar por lo que tiene de complejo, así donde Tarkovski es metafísico, Lopushansky es surrealista, con un trabajo de fotografía, eso sí, realmente espectacular, donde predominan los colores rojo y amarillo. Dejando de lado las inevitables comparaciones entre discípulo y maestro, de hecho son los únicos autores que han sido capaces de crear una obra de (con) ciencia-ficción verdaderamente importante en el marco de la industria cinematográfica soviética y que ha merecido la atención de la crítica internacional, la cinta de Lopushansky reúne los méritos necesarios para ser un clásico del género cuyo visionado no deja indiferente al espectador sensible ávido de nuevas experiencias.

Un hombre (Viktor Mikhaylov) llega a un extraño paraje que se asemeja a un inmenso basurero con el propósito de visitar un célebre museo que con el desastre se ha quedado aislado en medio del mar. La historia que sigue aborda las relaciones de dicho hombre con los excéntricos habitantes del lugar, en su inmensa mayoría confinados en una especie de colonia, inserta en un paisaje desolador repleto de basura y desperdicios, y sus creencias religiosas.

Las concomitancias entre esta producción y su anterior película son más que evidentes, pues en ambos films encontramos un marco paisajístico de similares características como consecuencia de la devastación provocada por un holocausto nuclear, pero cambia el punto de vista, en Cartas de un hombre muerto la narración adopta la perspectiva de un científico desilusionado (Rolan Bykov), sin embargo aquí no encontramos ni el cientifismo ni la carga moral de la primera, sino más bien pesimismo en el devenir de la humanidad, todo ello aderezado con cierta tendencia al misticismo, reforzado con iconografía cristiana.

En esta distopía, Lopushansky introduce a un personaje solitario con preocupaciones existenciales que entra en contacto con una población que sobrevive entre deshechos de todo tipo, sobre los escombros del pasado esplendor malviven los restos de un submundo sin futuro y su desesperanza conducirá al protagonista al sacrificio y la locura como posibles vías de redención.

Entre otros aspectos, destaca el uso expresionista del color, donde predomina el rojo, cuya presencia dominante parece reflejar el infierno en el que viven los personajes, merced al extraordinario trabajo de fotografía de Nikolai Pokoptsev; y la banda sonora de Alfred Schnittke.

La película cuenta con algunas escenas antológicas, sobre todo las oníricas por lo que tienen de hipnóticas, así como aquellas en las que el protagonista se enfrenta a los elementos de la naturaleza, contra la furia del mar, entre los rayos y la ventisca, hasta perderse finalmente en el crepúsculo de un inmenso vertedero.

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