Tuesday 25th June 2019,
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Ética y justicia en los sistemas capitalistas

de Javier Blanco Obeso.

Pocos sistemas económicos se encuentran en la actualidad tan denostados y criticados como el capitalista. Las primas y sueldos millonarios de los directivos de bancos y grandes empresas, los despidos de empleados en empresas que dan beneficios, y la sensación generalizada de la ciudadanía de que los platos rotos los pagan los mismos de siempre, han erosionado fuertemente la imagen del capitalismo como corriente económica traedora de libertad y progreso para todos. ¿Son estas críticas justificadas? Y lo más importante: ¿qué sistema es más justo?

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Olvidemos los sistemas económicos de la antigüedad y la Edad Media, por su clara contradicción con nuestra visión actual del mundo. En la antigüedad, por ejemplo, los derechos estaban relacionados directamente con los impuestos que un individuo pagaba, con lo cual, los pobres estaban apartados automáticamente de la actividad política. En la Edad Media el señor feudal no solo era dueño de los medios de producción, sino prácticamente del trabajador mismo y de su familia, que no podía abandonar el lugar de vivienda y trabajo y estaba atado de por vida al señor feudal. Vamos a concentrarnos, pues, en los dos sistemas económicos que han marcado el S. XX: el comunismo y el capitalismo.

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El primer sistema económico que podemos denominar moderno es el capitalismo. Lo que entendemos por capitalismo es en realidad una amalgama de teorías que tienen su base en el S. XVIII, cuando la sociedad feudal dio paso definitivamente al mayor cambio que ha experimentado la humanidad desde el neolítico: la revolución industrial. La acumulación masiva de capital en Inglaterra hizo posible una época de explosión económica sin precedentes. El teórico del capitalismo en el S. XVIII se llama Adam Smith. La teoría de Adam Smith, que desarrolla en su obra “La riqueza de las naciones“, es muy sencilla. Todos los productos que se ofrecen a un precio determinado son la oferta. Las necesidades de la población es la demanda. Cuando la demanda de un determinado producto aumenta, sube también su precio, con lo cual más empresas empiezan a producir y a vender ese producto (aumenta la oferta). Al aumentar la oferta, el precio baja, y, automáticamente, baja también la oferta. El precio vuelve a subir y otra vez a empezar. A esa fuerza invisible que domina el mercado Smith la llamó “la mano invisible“. Según Adam Smith, para conseguir el mayor nivel de progreso en una sociedad, es preciso dejar al mercado absoluta libertad. Su máxima era que dejando vía libre a la búsqueda individual de máximo beneficio se consigue más progreso para la sociedad al completo. La teoría de Adam Smith, aun siendo la base del capitalismo, no se sigue al pie de la letra en ningún país capitalista. Incluso EE. UU. tiene mecanismos de control del mercado. El problema de Adam Smith es que no tiene en cuenta temas como el monopolio y los precios acordados. Cualquier automovilista puede contradecir a Adam Smith cada vez que tiene que llenar el depósito. El capitalismo, en su versión más descarnada, no es ético ni justo, ya que, de manera natural, las grandes corporaciones acumulan poder y capital, destruyendo a sus competidores sin contemplaciones, con lo cual, pueden dictar las condiciones de trabajo, los precios, e incluso, derrocar gobiernos, de manera que un capitalismo radical (esto es, sin control estatal) llevaría a la destrucción de cualquier sistema democrático, amén de crear un ecosistema económico extremadamente feroz e inhumano. Para evitar eso, el estado tienen que controlar el mercado y a las empresas mediante el ordenamiento legislativo, evitando la creación de monopolios y protegiendo en todo momento la competencia limpia entre las empresas.

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Pero las leyes antimonopolio no bastan para evitar que se produzca la explotación de los trabajadores por parte de las empresas, o que alguien caiga en una situación de pobreza. Los vagabundos y los trabajadores con sueldos miserables en Estados Unidos son una prueba de ello. ¿El capitalismo produce entonces pobreza? ¿Es eso ético? En un entorno económico de gran dinamismo como el estadounidense esto sí sería ético, en teoría. El trabajador, al igual que la empresa puede contratarle y despedirle con total libertad, puede también elegir la empresa que desee para trabajar en ella, con lo cual se produce no solamente una competencia por los mejores trabajos, sino también por los mejores trabajadores. La ética del sistema se basa en que los más capacitados e inteligentes tendrán los mejores trabajos. Asímismo, las empresas que mejor funcionen y mejor paguen a sus empleados podrán tener a los trabajadores con más talento, lo que repercutirá en su éxito. El sistema capitalista promueve de esta manera el esfuerzo personal, el trabajo duro, la superación y la inteligencia, y castiga la vagancia, la estupidez y la falta de talento. Esa es la base de la ética capitalista, la idea de que tanto el éxito como el fracaso son merecidos, tanto en cuanto cada individuo tiene las capacidades necesarias para lograr su propia riqueza, por lo que si no lo logra es porque no es suficientemente inteligente o esforzado. Según la teoría de Max Weber, esta idea se encuentra reforzada por la mentalidad calvinista en Estados Unidos y en el norte de Europa, según la cual Dios ya ha decidido quiénes se van a salvar. La riqueza en el reino terrestre la verían entonces los protestantes como una prueba de que Dios les va a salvar. La pobreza, por el contrario, sería una prueba de que Dios, por alguna razón, ha decidido que esa persona no se va a salvar. Hay que decir que las teorías de Max Weber respecto a Calvino se consideran superadas. Sin embargo, cualquiera puede observar que precisamente los países del mundo más influenciados por el protestantismo son a su vez los más ricos y avanzados. Esta idea de relacionar religión y economía no es nueva, sino que existía ya en el cristianismo del medievo. En la Edad Media se creía que la pobreza era un castigo de Dios por los pecados cometidos.

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Así que, resumiendo, en un sistema capitalista perfecto, si trabajas duro, conseguirás tus objetivos. El problema de todo esto es que la teoría es muy bonita, pero no tiene en cuenta otros elementos muy humanos: la mentira, la corrupción, el tráfico de influencias y el favoritismo. Estos elementos corrompen el sistema y nos llevan a ejemplos bien conocidos: trabajadores que lo hacen todo bien y pierde su empleo al lado de ineptos que llevan a la empresa a la ruina y reciben indemnizaciones millonarias. Jóvenes que se preparan al máximo y no encuentran trabajo junto a enchufados que sin terminar la carrera ya tienen un empleo, etc… Los ejemplos de injusticia los encontramos a todos los niveles, no solamente los directivos y los políticos son corruptos o practican el tráfico de influencias. Un chaval que entra en una fábrica solo porque su padre es jefe de personal es tan corrupto como un concejal que se crea un puesto de funcionario a medida para tener un trabajo fijo al terminar el ciclo político. En ambos casos, el sistema ha fallado. Ambos, el concejal-funcionario y el obrero, están quitándole su puesto a alguien que, seguramente, lo merece más que ellos.

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Siguiente problema: no hay corrupción, el trabajador lo ha hecho todo bien, tiene una formación impecable y es disciplinado. A pesar de todo, no encuentra trabajo. Aquí es donde la ética neoliberal comienza a resquebrajarse. No hay trabajo para todo el mundo, y fuera del sistema no se quedan solo los vagos, los inútiles y los imbéciles, sino personas con currículos impecables. La filosofía capitalista responde a esta situación afirmando que el problema es que no hay suficiente libertad en los mercados, el estado aún se inmiscuye demasiado en la economía, hay demasiada protección de los trabajadores, demasiada política social. Todo esto ahoga la libre competencia y la iniciativa empresarial y trae más pobreza. La solución neoliberal es más capitalismo: bajar los impuestos, eliminar cobertura social y relajar las condiciones laborales. El problema ético que aparece aquí es que no es el capitalismo el que dice “hagamos esto“, sino personas y grupos concretos con intereses concretos. Así que no estaríamos ante un problema estructural del capitalismo, sino del aprovechamiento interesado de fuerzas económicas para, en situaciones de crisis, debilitar el control que ejerce el estado sobre el mercado para aumentar sus beneficios y su poder. Al mismo tiempo, la eliminación de la red social coloca a los trabajadores en una situación de desamparo en la que tienen que aceptar inermes cualquier condición laboral. El estado, al relajar el control del mercado, pierde poder sobre él y en un futuro le será más difícil crear leyes para evitar el monopolio y frenar la acumulación de poder de las grandes corporaciones. Véase el ejemplo de Latinoamérica. A pesar de años con gobiernos decididos a crear riqueza sostenible y montar una economía social de mercado a ejemplo europeo, las estructuras establecidas con grandes corporaciones internacionales que campan a sus anchas y terratenientes con poder sobre extensas regiones son extremadamente difíciles de eliminar.

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En relación con lo anterior, tenemos también el asunto del sueldo que un trabajador recibe cada mes del empresario por el trabajo realizado. Aquí se nos plantean dos problemas. El primero es qué cantidad es la mínima que debería recibir un asalariado, haga el trabajo que haga. El salario mínimo se expresa siempre en ingresos brutos por hora trabajada. En cada país se soluciona este problema de manera diferente. En el capitalismo puro, es el propio mercado de trabajo el encargado de regular este concepto, y el estado no debe inmiscuirse, ya que, si lo hace, estaría poniendo obstáculos a la libre competencia. Según la teoría más neoliberal, los salarios mínimos hacen aumentar la tasa de paro, ya que los empresarios no contratan a trabajadores debido al coste que les supone pagar sueldos demasiado altos. En este sentido, el salario mínimo aumenta el paro, y por ende la pobreza. Un argumento ético a favor del salario mínimo es el que afirma que sin salario mínimo se abre la puerta a la explotación, ya que los empresarios pueden pagar sueldos por debajo del umbral de la pobreza, que el trabajador aceptaría por no tener otra opción (más que dejar morir de hambre a su familia). El segundo problema en relación a los salarios es la diferencia de salario entre los diferentes empleos. Una posibilidad sería pagar a todos los trabajadores el mismo salario, independientemente de lo que hagan. El panadero y el médico ganarían lo mismo. Rápidamente nos damos cuenta de que esto no sería justo. ¿Por qué? En el ejemplo entendemos que el médico debe ganar más que el panadero. Las razones son dos: importancia del trabajo a realizar y esfuerzo utilizado para lograr el trabajo. El panadero ha terminado la ESO, quizás ha hecho un módulo de grado medio y ha empezado a trabajar en una panadería. El médico ha terminado la ESO, ha hecho Bachiller (con muy buenas notas para poder entrar en la universidad), ha estudiado seis años de carrera y luego ha hecho dos de MIR. Es justo que ese esfuerzo se vea recompensado por un salario superior. Asímismo, si observamos el trabajo que realizan ambos, nos damos cuenta de que la función del médico es más importante para la sociedad que la del panadero. Podemos sobrevivir sin pan, pero no podemos sobrevivir sin médicos. Así que el médico debe ganar más que el panadero. Hasta aquí, todo correcto. Pero ahora veamos más ejemplos. Una vez trabajé en la empresa Solvay durante tres meses los fines de semana (16 horas semanales). Al cabo del mes ganaba unos 400 €. Allí había obreros subcontratados que ganaban algo más de 500 €, por trabajar 40 horas a la semana. Estaban en la misma empresa, haciendo el mismo trabajo que yo, y ganaban por hora menos de la mitad. Aquí entramos en uno de los problemas básicos de la ética capitalista. Al colocarse el beneficio individual como la medida de todas las cosas (y con la creencia de que al incentivar el beneficio individual se incentiva indirectamente el beneficio de toda la sociedad) se crean situaciones de injusticia. El salario de un trabajador, en un sistema capitalista, no se basa en el esfuerzo realizado o en la importancia para la sociedad, sino en la cantidad de dinero que le hace ganar al patrón. El valor del trabajo en el sistema capitalista se basa en el beneficio que recibe la empresa a través de ese trabajo. Por eso cobran los futbolistas de primera división tanto dinero. No es porque alguien diga “eh, el fútbol es importantísimo, vamos a pagarles a estos chicos estos sueldos desorbitados“, sino porque el fútbol es un negocio millonario, en el que se mueven enormes cantidades de dinero, principalmente en concepto de derechos de emisión. Y los clubes compiten entre sí por tener a los mejores futbolistas a base de talonario. Por mucho que disfrutemos de los goles de Iniesta y del juego de la Selección, no podemos obviar que en este sentido el sistema capitalista es injusto.

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Último problema ético del capitalismo: la destrucción del planeta. El sistema capitalista lleva indefectiblemente al agotamiento de los recursos naturales. Mientras que los recursos naturales son limitados, el sistema capitalista es de crecimiento ilimitado. ¿Nadie se pregunta por qué hay que crecer cada año? Si ya tenemos un nivel de riqueza aceptable, ¿qué hay de malo en el crecimiento 0%? En principio, el ser humano tiene un deseo innato de mejorar. Si hoy gano 2000 €, en diez años quiero ganar 4000 €. Pero el sistema también necesita crecimiento ilimitado. Los accionistas, ahorradores y propietarios de planes de pensiones quieren cada año que su dinero aumente. Esto solo es posible con crecimiento ilimitado. El crecimiento como símbolo de que “todo va a mejor“ está implantado en nuestra psicología. Para un país, crecimiento significa más producción de bienes y servicios, y desde el punto de vista neoliberal, esto significa más riqueza y bienestar. Pero el planeta es limitado. Hemos implantado un sistema económico que tiende a infinito en un planeta con recursos -alimentos, territorio, agua, etc.- finitos. Sin embargo, cuidado… El crecimiento infinito no solamente es algo de las grandes corporaciones y de los malvados gerifaltes de los bancos. El crecimiento infinito lo tenemos implantado en el cerebro y lo ejercemos con alegría en el día a día: cambiar de coche aunque el viejo aún sirve, acumular objetos materiales que en realidad no necesitamos, consumir bienes y servicios sin control, querer siempre más… todo esto forma parte del concepto del crecimiento ilimitado. Nuestro modelo de consumo también tiende a infinito.

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1 Comment

  1. Mohale 27/03/2014 at 23:43

    El medio ambiente es un tema de mucha imrpitancoa para nuestra generacif3n y las futuras, es de care1cter de supervivencia donde todos debemos aportar nuestro grano de arena, desde nuestra casa, oficina y el colegio.

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