Saturday 20th April 2019,
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Fuego amigo

por Mariano F. Urresti

Cambian los tiempos, mudan las costumbres, regresan usos antiguos presentados ahora como vintage, e incluso viejas ideas tenidas por obsoletas y a las que nadie prestaba atención irrumpen en las televisiones y en la vida pública como novedades salvadoras. El hombre en la encrucijada necesita que lo pastoreen. En tiempo revuelto, florecen los Mesías.

Todo cambia. Eso ya lo dijo Heráclito hace mucho tiempo, y consideró entonces que el fuego era la forma arquetípica de lo creado. El fuego, advirtió el filósofo griego, es capaz de cambiar la naturaleza de las cosas mientras agita su propia esencia en el baile de sus llamas.

El fuego resulta seductor, hipnótico, evocador de ritmos tribales. Pero a la vez ha sido el arma empleada por la intolerancia frente a la heterodoxia, al libre pensamiento, especialmente en el mundo occidental situado a la sombra de las faldas de la Iglesia.

Resulta curioso como un elemento transformador se ha convertido tantas veces a lo largo de la historia en el arma empleada por quienes no admitían cambio alguno. Retorciendo en su favor las alusiones bíblicas a la Gehena, que no era sino el estrecho valle de Hinón situado al sur y suroeste de Jerusalén donde antiguamente algunos reyes de Judá habían practicado la idolatría, aseguraron que también Jesús amenazó a los pecadores con el fuego eterno. En realidad, ninguno de los exegetas estuvo presente en el momento en el que se pronunciaron esas palabras, si es que realmente se pronunciaron alguna vez.

La intolerancia en ese gremio viene de antiguo. Un ángel de Dios expulsó a Adán y Eva del Paraíso amenazándoles con una espada flamígera; los cátaros fueron ajusticiados en el Campo de los Quemados, al pie de su última fortaleza, Montségur; Jacques de Molay, último gran maestre del Temple, fue devorado por lenguas de fuego en la Isla de los Judíos, en el corazón de París; decenas de mujeres anónimas acabaron en la hoguera tildadas de brujas por guardar la memoria del culto ancestral a la antigua Diosa…

El fuego, que siempre fue motor de cambio, se empleó como amenaza, para impedir que nada cambiara.

En cambio ahora, todo cambia, y muy rápido. La música se consume, no se escucha; los líderes políticos son desechados al poco de pronunciar su primer discurso; los hábitos electorales son impredecibles; lo nuevo se torna viejo mientras lo viejo se ofrece en los escaparates como nuevo; el consumidor jamás logrará comprar el último modelo de teléfono móvil, pues cuando crea haberlo logrado, otro habrá irrumpido en el mercado…

Y mientras tanto, pasa intacto ante nosotros el verdadero sentido de la vida. Porque personalmente no tengo la menor duda de que esta vida tiene un sentido. Puestos a hablar de fuego, podría pensarse en una verdadera “llama de amor viva” por descubrir.

Tal vez esté haciendo falta un buen fuego en la encrucijada en la que nos encontramos. O quizá no sea preciso, porque a lo mejor ya nos estamos quemando y transformándonos sin advertirlo en un fuego amigo.

 

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