Tuesday 25th June 2019,
Sede Revista – Revista Cultural – Torrelavega

Hola amigos…

por Pablo Torres.

Amigos… suena a tópico, pero cuánto se ha devaluado este concepto a fuerza de su uso indiscriminado. Tengo la sensación de que ha ocurrido como con las palabras malsonantes: se han vuelto algo tan común que prácticamente han perdido su verdadero significado, su “matiz”. ¿Esto significa que derrochar amistad produce la pérdida de su verdadero significado y de su “matiz”? Quién sabe. Menuda paradoja: ahora va a resultar que no se debe derrochar amistad. Pero lo cierto es que “no derrochar” es lo que está de moda, estamos hartos de oír que un buen “écolo”, como dicen los franceses, un ciudadano concienciado con el entorno, para entendernos, debe hacer un uso racional de los recursos evitando su despilfarro. Y sin embargo, de una cosa estoy seguro: la vida estaría más vacía que el cerebro de Paris Hilton si nunca se derrochara amistad.

Un término este de “amistad” que, extrapolado al mundo del cine, desata irremediablemente en mi cabeza una asociación de ideas un tanto extraña: una ballena asesina con un retrete; tiene una explicación. Hace tiempo una chica me habló de una tercera persona que acababa de salir del baño, con cara de alivio, exclamando: ¡he liberado a Willy! Figúrense ahora: cuanto más trato de no pensar en ello, más me viene a la mente esa imagen grotesca. Los misterios de la mente. Tremendo. Toda la inocencia, la ternura de Liberad a Willy (1993) tiradas por el re… echadas a un re…

A un re…

Escuchado así, de manera aislada, “a un re” suena como si le estuviéramos pidiendo a un trompetista que está interpretando una melodía en “do”, que la vuelva a tocar un tono más alta (ya avisé de que la mente es misteriosa). Pero en realidad, mis asociativas neuronas han establecido sobre la marcha una nueva conexión entre el retrete y otro concepto (que no tiene nada que ver ni con ballenas asesinas, ni con trompetistas ni con, afortunadamente, temas escatológicos). Este “a un re” al que me refiero es “a un re-cuerdo” y no con ello hago alusión a un “re-no-loco” (ni mucho menos a un animal nórdico que tira de un trineo presentando un comportamiento atípico y desconcertante). No, hablo de recuerdos. De los de la infancia, aquellos que se nos quedan grabados en lo más profundo de nuestro ser.

Relacionar cine, amistad y recuerdos de la infancia es toda una alusión a Cinema Paradiso (1989). Esta coproducción franco-italiana es una joya, un auténtico homenaje al cine de siempre por medio del cual el director italiano Giuseppe Tornatore nos embarca en un viaje espacio-temporal hasta la Sicilia de su infancia, hasta la penuria de los años cuarenta y cincuenta pero también, desde luego, a la añoranza de los tiempos pasados. El largometraje no tuvo demasiada repercusión en Italia y, sin embargo, lo ganó prácticamente todo en 1989: el Oscar, el Globo de Oro y el Bafta a la mejor película en lengua no inglesa, así como el premio especial del jurado de Cannes. Además, el ya desaparecido Philippe Noiret, el entrañable Alfredo, que elegía a sus amigos por su aspecto y a sus enemigos por su inteligencia (tomen nota), ganó igualmente un premio Bafta y un European Film Award al mejor actor.

La amistad entre Toto y Alfredo es tan especial, tan intensa, que acaba pareciendo una relación entre padre e hijo. Cinema Paradiso: con sus tintes autobiográficos, sus toques de humor y su costumbrismo es una excelente elección para una tarde lluviosa de domingo. Una obra entrañable y nostálgica magistralmente salpimentada con, bajo mi modesto punto de vista, una de las mejores aportaciones musicales del maestro Ennio Morricone y con la importante colaboración de su hijo Andrea en la creación de uno de los temas principales. Un leitmotiv muy pegadizo que todos hemos escuchado alguna vez en un anuncio de televisión por Navidad.

Tipología de amigos

Otro grande de la música del cine,  John Williams, fue el responsable de la banda sonora de una película que marcó a buena parte del público infantil a comienzos de los ochenta: “E.T.: el extraterrestre” (1982). La aparición de este film de Spielberg, supuso un punto de inflexión en la idea que teníamos sobre los habitantes de otros mundos: ya fuera a través de la ficción radiofónica “La Guerra de los Mundos” (1938) de Orson Welles, bien a través de la visión que Ridley Scott nos ofrecía sobre estos seres por medio del letal octavo pasajero de la nave Nostromo en “Alien” (1979) o bien ya se tratara de terribles amenazas llegadas desde fuera de los confines del Sistema Solar, como en “La amenaza de Andrómeda” (1971).

Pero E.T., con su casa y su teléfono, su sólo aparente inocencia y su bicicleta voladora, dio un giro completo a esta tendencia. La clave del éxito de Spielberg fue, posiblemente, lograr que los espectadores nos sintiéramos identificados con aquella historia de amistad pura y mágica. Todo niño en los ochenta quería tener un amigo como E.T. y en el fondo de su corazón se sentía un poco “Elliott”.

En realidad, este modelo de amistad entre un niño y “algo raro” se ha hecho tremendamente popular desde entonces y han surgido no pocas historias, con más o menos fortuna, ya sea ese “algo raro” otro extraterrestre (como en el caso de “Mi amigo Mac”, 1988), un fantasma (“Casper”, 1995), un robot (ejemplos: “Cortocircuito” (1986), el asombroso ovni-robot –me pido uno de esos– de “El vuelo del navegante” (1986) o el protector “Terminator 2: el juicio final” (1991) o incluso algún animal (“Colmillo Blanco”, 1991), “Liberad a Willy”… ¡¡Oh no, me ha vuelto a venir “eso” a la cabeza!!.
Son, en todo caso, ejemplos de amistades en las que un personaje aparentemente sin importancia en el mundo de los adultos, como es un niño, acaba adquiriendo la máxima relevancia desde su posición de interlocutor privilegiado y exclusivo. En definitiva, historias diseñadas para el público infantil y juvenil.

El cine nos ha presentado otros casos de amistad menos inocente y con un enfoque más irónico, casi burlesco: siguiendo el patrón de dos grandes clásicos, “Dos hombres y un destino” (1969) y “El golpe” (1973), que contaron con dos grandes actores, Newman y Redford, pero en este caso desde un punto de vista más contemporáneo, George Clooney y Brad Pitt unen sus fuerzas a las de varios “amigos” para dar su “golpe” particular en “Ocean’s Eleven” (2001). El largometraje debió tener éxito, porque posteriormente hubo un “Twelve” y hasta un “Thirteen” (2004 y 2007 respectivamente).

Estos delincuentes tan simpáticos parecen tener don de gentes, pero lo cierto es que hacer amigos no es siempre tarea fácil. Y si no, que se lo pregunten a Daniel Brühl en “Feliz Navidad” (Joyeux Nöel), de Christian Carion, Francia (2004). No, no siempre es fácil y menos en pleno campo de batalla durante la Primera Guerra Mundial. “Feliz Navidad” es una película curiosa, muchos dirían que excesivamente fantasiosa, inverosímil tal vez. Pues se equivocarían de pleno: está basada en hechos reales. Durante la Nochebuena de 1914, y según se recoge en ciertos documentos, los soldados de tres bandos, el francés, el británico y el alemán, se olvidaron de las armas y de la guerra por un momento y se comportaron como hermanos. Una pizca de azúcar entre tanto amargor.


Los años perdidos

Pero, por desgracia, en el mundo no hay ni edulcorante suficiente para esconder el amargor de la guerra ni lazos suficientemente fuertes como para unir del todo a las personas; una amistad que parece fuerte como el acero, a veces, sin saberse muy bien cómo, se quiebra en mil pedazos. Quizás es que somos orgullosos; quizás ignorantes; quizás simplemente somos imperfectos: el caso es que un día, el mecanismo deja de funcionar.

Michael Tolajian ha escrito y dirigido un documental extraordinario, “Hermanos y enemigos: Petrović y Divac” (Once Brothers), recién estrenado en 2010, que nos invita a una profunda reflexión sobre las acciones que toma el ser humano. Si las guerras son siempre un sinsentido, cuando uno ve este trabajo, simplemente no puede entender por qué los seres humanos nos comportamos así. Tolajian nos traslada hasta la Yugoslavia de los años noventa, los de su terrible conflicto armado. En conjunto, todas “las guerras” yugoslavas duraron tanto como duró aquella década. El balance: 130.000 personas muertas y millones de familias que vieron desplazadas de su hogar y con sus vidas destrozadas. “Hermanos y Enemigos” es un trabajo impecable que conseguirá que hasta a los más duros se les meta una broza en el ojo mientras conocen a fondo la historia de estas dos leyendas del baloncesto: Vlade Divac, serbio y Dražen Petrović, croata.

El baloncesto los juntó y se hicieron grandes amigos. Dos fuera de serie del baloncesto yugoslavo que abrieron las puertas de la NBA a otros jugadores europeos. Durante los comienzos de su carrera en Estados Unidos, cada uno en una ciudad diferente, se llamaban por teléfono a diario. En su juego individual eran buenos, pero juntos, en aquella selección yugoslava mítica con la que ganaron la medalla de plata en los Juegos Olímpicos de Seúl y el oro contra Rusia en el mundial del 90 (Argentina), eran excepcionales. Precisamente al momento de ganar esa final surgió la discordia. Por aquel entonces, se había comenzado a disparar ya el sentimiento nacionalista de las diferentes etnias de la antigua Yugoslavia, que exaltaban en público de forma abierta. Al finalizar el partido, un hombre portando la sahovnica, la bandera croata, se adentró en la cancha y Divac, viendo que no se trataba de la bandera yugoslava, la que él consideraba que representaba a todos los miembros del equipo, tuvo una discusión que desembocó en que acabara tirando dicha bandera croata al suelo. Esto fue interpretado por los croatas como un ultraje y desembocó en el distanciamiento y posterior enemistad de Petrović. El paraguas del Telón de Acero se cerraba y el país balcánico se iba desmembrando a pasos agigantados. La guerra estalló.

A medida que iba transcurriendo el tiempo, el conflicto armado iba a peor y la relación con sus compañeros croatas se iba deteriorando cada vez más. Una frase de Divac lo resume todo: “para crear una amistad hacen falta años; pero se puede destruir en cuestión de segundos”. Divac se convirtió en persona non grata para la opinión pública croata y se sentía terriblemente dolido con sus antiguos compañeros. No obstante, siempre esperó con tesón al día en que él y Petrović pudieran hablar y reconciliarse. El destino lo impidió. Cruel destino.

En resumen

Y es que el ser humano es inestable como el uranio aunque con enlaces tan débiles como un hilo de seda. Insisto: el concepto de “amistad” está muy devaluado. Hay quien se jacta de tener muchos, muchísimos amigos. Hasta debajo de las piedras. Siempre he pensado que los amigos de verdad, aquellos que asociamos a esa definición de amistad de la que hablábamos antes, la que no ha perdido ni su verdadero significado ni “su matiz”, generalmente se pueden contar con los dedos de una sola mano. No son necesariamente los que ves todos los días. La amistad es así de caprichosa: exige pensar en términos cualitativos, no cuantitativos. Puedes encontrarte con una persona cada tres años y sin embargo disfrutar de una amistad con ella mucho más pura y más fuerte que la que sientes por gente que ves todos los días. Estamos hablando de personas que, con simplemente mirarte a la cara ya saben lo que pasa por tu mente. Que no te dejarían tirado como a un trapo viejo en los momentos difíciles –ni tú tampoco a ellas-.

Quizás los amigos no se buscan: se encuentran. La gente que me aprecia siempre me ha dicho que “es bueno tener amigos aunque sea en los infiernos” y me fío bastante, tanto de los dichos populares como de las personas que me aprecian. En cualquiera de los casos, les recomendaría que siguieran el consejo que le daba Alfredo a Toto en Cinema Paradiso: “ten mucho cuidado y encuentra a los amigos adecuados”.

Like this Article? Share it!

About The Author

Leave A Response