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La semilla

Sede Revista 18/05/2015 Relato No hay comentarios en La semilla

por Okoriades

PRÓLOGO

Un sollozo infantil retumba en el Universo.

Un ejército de lágrimas, viaja a toda velocidad.

Cruza miles de espacios, millones de tiempos.

Hasta alcanzar y traspasar la atmósfera de la tierra.

Y traspasarla.

Y dispersarse por toda la superficie.

Algunas se mezclan con los mares.

Otras mueren antes de llegar a su destino.

Sólo las más fuertes lo alcanzan.

Chocando contra el asfalto de una ciudad cualquiera.

De un país cualquiera.

De este mundo civilizado.

Germinando.

ASFALTO

Un lunes cualquiera de un año cualquiera.

07:00 Horas.

Alberto coge el mismo taxi de todos los días. El taxi de Paco. Tras el primer semáforo, el vehículo gira a la derecha.

Imposible.

Atónitos, descubren que ante ellos, en medio de la calzada, hay un inmenso y frondoso árbol con un tronco de más de diez metros de diámetro, que se eleva por encima de cinco pisos.

Alberto sale del taxi e inmediatamente queda subyugado por la inmensidad y… belleza de la maravilla. Camina unos pasos. Alcanza el tronco. Lo acaricia. Lo huele. Lo abraza. Mira a lo alto. El Universo es verde. Oscilante. Embriagador.

De pronto, algo se posa en su hombro. Una rama. Viva, que se desliza por su rostro. Le acaricia, le besa y finalmente se mete por una oreja. Alberto cierra los ojos. La rama recorre su cerebro. Todo es paz.

Finalmente, la rama sale y se detiene a unos centímetros de sus ojos. Alberto no puede dejar de mirarla hasta que… un fogonazo brota de la rama. Alberto no pestañea. Lo que surge le arrebata la razón. De la punta de la rama nace un fajo de billetes. Brillantes. El fajo se suelta de la rama y cae a sus pies. Antes de que Alberto pueda agacharse a cogerlo, la rama pare otro y otro y otro. Hasta que los billetes inundan sus rodillas. Entonces atraído por el misterio de la rama, Alberto la coge y en ese instante…

Las ropas de Alberto caen al suelo y en el lugar donde debería estar él, brota un pequeño montículo. No hay nada más. Ni billetes.

Paco, sale del taxi y queda igualmente prendado. Camina hasta una de las ramas y fija sus ojos en la punta. Entonces… Muy despacio, la rama busca su rostro. Se pasea delicadamente por él y le besa, dulcemente. También se mete por su oreja y tras un corto viaje, se coloca a unos centímetros de sus ojos. Y ocurre lo mismo, pero esta vez, la rama no ofrece billetes, si no, joyas… infinitos universos de joyas.

Paco toca la rama.

Y en su lugar brota otro montículo.

SOCIEDAD

La calle se llena de gente.

Policía. Bomberos. Medios de comunicación.

Cuanta más gente aparece, más bultos surgen.

Unas ramas rompen los cristales de una vivienda del primer piso de un edificio. Ana y Jaime, ven la televisión, ajenos a lo sucedido. Sumergidos en su mundo narcótico. La rama les inspecciona, les invade y finalmente, les ofrece insolentes cantidades de droga. Pero no hay tiempo. Al contacto con la rama, Ana y Jaime se convierten en dos bultos que brotan del suelo de la habitación.

Todos fueron sometidos por el prodigio.

Adela, la fiel ama de casa, queda sometida. La rama le ofrece más placer del que jamás habrá podido imaginar. Pero tanto placer tiene su precio.

Jesús, el erudito, el sabio, el… hipócrita. Otra rama le llena de sus propias farsas.

Víctor, el imperialista, usurpador, dominador, seguro de que su fortuna le protegía de todo y de todos.

El humilde. El traidor. La prostituta. El manipulador. El resignado. La…

Pedro, Luisa, Enzo, John, Alan, Jhasmina…

Algunos sufren la transformación minutos u horas después. Sembrando la ciudad cualquiera del mundo civilizado de interminables montículos.

La radio. La televisión. Internet. Todos los medios de Incomunicación, extienden la noticia:

“Un inmenso árbol ha nacido en el asfalto”

Pero la sorpresa es mayor cuando se descubre que hay más árboles en otros lugares de la tierra. La sorpresa dio paso al temor. Al espanto. Al caos. A la huida… Huida… ¿Adónde?

TIERRA

Ese mismo día la tierra se convulsionó.

La tierra entera.

Y tras unos segundos de absoluto silencio, los montículos estallaron.

De sus entrañas comenzaron a brotar árboles, plantas, flores. Un infinito universo de naturaleza, nacida de la misma tierra. Miles, millones de venas naturales se extendieron por la superficie, formando una sola entidad. Las raíces profundizaban buscando lo más profundo del planeta. Algunas se unían para formar brazos más resistentes. Otras se fortalecían alimentándose de cada simiente sepultada. Y otras, se movían como serpientes entrando y saliendo de la tierra una y otra vez.

En unos segundos, por dentro y por fuera, la tierra entera quedó hermanada con la naturaleza viva y palpitante que inundó las calles, los desiertos, las aceras, los edificios, los valles, los mares, las casas, los caminos… el asfalto, convirtiendo el mundo en un nuevo ser aceitunado, cetrino y terroso a la vez.

Tras la invasión natural, el tiempo se detiene.

La tierra se detiene.

Y espera.

Espera.

Paciente. Abrazada. Hermosa.

A que germine de sus entrañas,  la nueva semilla.

Un sollozo infantil retumba en el Universo.

Un ejército de lágrimas, viajan a toda velocidad.

Cruzan miles de espacios, millones de tiempos.

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