Wednesday 18th September 2019,
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La sombra inolvidable de Paradjanov: Los corceles de fuego

 

Por Gregorio Muelas Bermúdez

 

Esta película es, sin ambages, una de las obras más bellas y fascinantes de la historia del cine. Con su inimitable estilo el genial cineasta armenio Sergei Paradjanov (1924-1990) crea una obra tan hermosa como inolvidable.

Con motivo del centenario del nacimiento de Mijail Kotsiubynsky, el propio Paradjanov e Ivan Chendej realizan un guión sobre una historia del escritor ucraniano, que da lugar a esta película mítica del cine soviético, que tuvo una gran repercusión en los cines de arte y ensayo del bloque occidental, llegando a cosechar algunos premios, como el Premio Especial del Jurado en el Festival Mar del Plata de 1965 por la fotografía, los efectos especiales y la dirección artística.

Rebautizada en los circuitos de habla inglesa como Shadows of Forgotten Ancestors (Sombras de los antepasados olvidados), y en España como Los corceles de fuego, Tini zabutykh predkiv es una de esas películas que se quedan grabadas a fuego en la retina del afortunado espectador que llega a visualizar esta verdadera obra de arte, pues como sucedió con la inmensa mayoría del cine de las ex repúblicas soviéticas, apenas tuvo distribución fuera de su país y bajo una versión amputada, pese a que sería la única película del cineasta armenio que tendría una buena acogida por parte del Goskino, que la alabó por “haber sabido plasmar en el lenguaje cinematográfico la calidad poética y la profundidad filosófica del cuento de M. Kotsiubynsky”.

No debemos olvidar que Paradjanov, merced a su carácter renuente a los dictámenes de la industria cinematográfica soviética, encorsetada en el llamado “realismo socialista”, hubo de padecer toda una retahíla de sinsabores derivados de su talante anticorformista, que resultaba polémico y soberbio a las autoridades, lo que llegó a malograr su propia vida, tan indisolublemente unida a su obra cinematográfica.

Sobre una trama en principio manida y aparentemente sencilla, ambientada en el siglo XIX, en un pequeño pueblo de los Cárpatos orientales, Paradjanov narra una tierna y apasionada historia de amor entre Iván y Marichka pese a la enemistad que acaba enfrentando a sus dos familias. No obstante, el gran impedimento que provocará que su romance no se haga realidad será un desgraciado accidente que acaba con la muerte de Marichka, a partir de entonces Iván será una sombra de sí mismo.

De una belleza fuera de lo común, con una audaz puesta en escena donde Paradjanov demuestra poseer un gran dominio técnico, que lo sitúa en las antípodas del formalismo decadentista que caracteriza a la inmensa mayoría del cine soviético de la época, y con un universo creativo muy próximo a Aleksander Dovzhenko, en cuanto al aprovechamiento del espacio escénico, y a su amigo Andrei Tarkovski, en cuanto a espiritualidad, Paradjanov crea una película única y fascinante, que no deja indiferente al espectador, sensible ante el espectáculo de una naturaleza rodada de forma sublime por un virtuosista de la cámara que saca el máximo partido a un paisaje nevado, creando un fuerte contraste entre el blanco del fondo y el colorido de los personajes en primer término, en una puesta en escena casi pictórica.

Paradjanov enfatiza el tema costumbrista del cuento de Kotsiubynsky desde varios puntos de vista, desde la naturaleza humana hasta los ritos y ceremonias de los hutsules. La música, el vestuario, la ambientación, la filmación en exteriores, contribuyen a dotar a la historia de un peculiar misterio y ensoñación. Pero es en el aspecto formal donde la película adquiere su verdadera singularidad, como el uso expresivo del color, el virado y el blanco y negro, que le permite el sistema sovcolor, la cámara en constante y frenética evolución, con vertiginosos movimientos de reencuadre para captar la emoción, el pálpito de los personajes.

Sergei Paradjanov rueda un verdadero poema audiovisual de amor y muerte, plagado de simbolismo, con reminiscencias bíblicas y un sincretismo entre cristianismo y tradición pagana. De su arte diría Jean-Luc Godard: “En el templo del cine hay imágenes, luz y realidad. Paradjanov es el principal guardián de ese templo”.

 

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