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Labios rojos

Por David Acebes Sampedro

Venga Dios y lo vea. El otro día discutía yo con un amigo acerca de unos labios perfectos. Visitando una exposición sobre la Seminci, la Semana Internacional de Cine de Valladolid, observé que su logotipo consistía, como si tal cosa, en la huella impresa de unos labios rojos.

 

 

Metidos en harina cultural, expuse que en mi opinión los labios más representativos de todo el arte moderno eran los labios-sofá de Dalí, esos labios que evocan en tres dimensiones los carnosos y sensuales labios rojos de la actriz de Hollywood, Mae West.

 

Por su parte, mi amigo adujo que para él los mejores labios rojos eran sin duda los pintados por Tom Wesselmann, uno de los más significativos representantes del arte pop. En concreto, me dijo que esos labios eran «más sugerentes, mas atrayentes y que, encima, no te podías sentar en ellos».

 

Debo admitir que en un principio no entendí a que se refería mi amigo y lo juzgué como una simple boutade de las suyas. ¿Acaso –pensé yo en mi ignorancia- el hecho dimensional puede servirnos para enjuiciar el valor de una obra artística? Sinceramente, no entendí sus palabras.

 

Sin embargo, esa misma tarde, sucedió algo que hizo que me percatara de mi error. Paseando por el vallisoletano barrio de Las Delicias, uno de esos barrios pobres de ciudad que todavía no ha sido objeto de gentrificación, encontré cierta “manifestación artística” que me dejó petrificado. Vean:

 

 

 

En efecto, se trataba de un conjunto de ocho bancos públicos que contaban con deliciosos relieves en su respaldo. Unos relieves que representaban escenas de guerra, batallas y luchas encarnizadas de soldados. Sorprendido, probé a sentarme en uno de ellos y fue en ese preciso momento cuando caí en la cuenta de lo que mi amigo había querido trasmitirme con sus palabras: «La segunda dimensión es siempre mejor que la tercera», aunque esta última –añado yo- sea propuesta por el mismísimo Salvador Dalí.

 

Y es que ciertamente la inspiración me pilló allí sentado, en aquel incómodo banco de mi ciudad, pues sepan ustedes que desde aquel día pienso que todo lo que percibimos en 2D, ora un cuadro, ora un poema escrito en un papel, ora una simple fotografía, es y será siempre mejor que la vida real, esa tercera dimensión a la que irremediablemente estamos condenados y que, cada día, se nos clava en la espalda con escenas de guerra, batallas y luchas encarnizadas de soldados…

 

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