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Mujer y democracia

 

Javier Blanco Obeso.

@montaneserrante

París. Plaza de la Concordia. 3 de noviembre de 1793. Una mujer sube las escaleras que la llevan a la guillotina. Llega al patíbulo y el verdugo la coloca bajo el filo. A los pocos segundos acciona la palanca y la cabeza cae limpiamente en una bolsa de cuero. Quizás entre los espectadores de la ejecución se encontrara su hijo Pierre, que pocos días después renegaría públicamente de ella para no sufrir su misma suerte. Esta mujer se llamaba Marie Gouze, aunque era más conocida por su pseudónimo: Olympe de Gouges; se la considera una de las primeras feministas de la historia.

 

Cuando hablamos de los hitos de la democracia y de los avances en libertad y derechos a lo largo de la historia, nos olvidamos a menudo que hasta bien entrado el siglo XX la mitad de la población seguía sin poder disfrutar de esos derechos. Todas esas épocas a las que nos referimos con frases como “cuna de la democracia”, tenían en común que a la mitad femenina de la población nunca llegaban esas mejoras.

 

En Grecia, por ejemplo, lo únicos que tenían todos los derechos como ciudadanos eran hombres libres con capacidad para comprarse y mantener el armamento de soldado de infantería. Después de la reforma hoplítica, los ejércitos griegos estaban formados por soldados a pie estructurados en falanges. Cada soldado llevaba una lanza, una espada corta, un casco y un escudo de gran tamaño. También podían llevar una armadura de cuero ligera o sencillamente nada. Los hombres se colocaban hombro con hombro con las lanzas hacia el enemigo y el escudo protegiéndoles. Después se lanzaban contra el enemigo y empezaban a empujar buscando algún punto débil. Cuando lo encontraban entraban en tromba y empezaban a luchar cuerpo a cuerpo y a matarse mutuamente. Las batallas no eran tan cruentas como se ve en las películas. Cuando moría aproximadamente el 5% terminaba la batalla. Al día siguiente tenían que cultivar los campos y no podían permitirse una matanza que destruyera la polis.

 

Este sistema de lucha convertía a cualquiera con los recursos necesarios para adquirir el sencillo equipamiento de guerra, en sumamente importante para la sociedad de la polis, y por tanto, con autoridad moral para exigir participar en el sistema político. Pero basar la ciudadanía en la capacidad militar de la persona excluía a varios grupos del sistema democrático: personas sumamente pobres, extranjeros, esclavos… y mujeres. Las mujeres en Grecia vivían en general en casa sin salir prácticamente. Se les vetaba o dificultaba la asistencia a todos los actos públicos, incluidos el teatro y las olimpiadas. Y por supuesto no podían participar en la asamblea de ciudadanos, ya que no estaban consideradas como tal. Sin importar el rango que tuviera una mujer dentro de la sociedad griega, siempre estaba bajo la autoridad de un hombre, fuera el marido, el padre o incluso el hijo. Tendremos que esperar a la época helenística, basada en sistemas monárquicos, para encontrar figuras femeninas destacadas como Hipatia de Alejandría o Cleopatra VII. Es interesante observar también como en la sociedad romana, que incluso en la república tenía un sistema político menos democrático que el griego, la mujer, aún estando también bajo la autoridad del hombre, ejercía de facto un papel más importante en la vida pública, aceptándose su presencia como consejera y compañera del hombre.

 

Si damos ahora un salto de dos mil años, para buscar el siguiente punto de inflexión de los avances de la democracia en el mundo, llegamos al S. XVIII y la Ilustración. Este revolucionario movimiento intelectual es definido perfectamente por Kant cuando dice: “ten el valor de valerte de tu propio entendimiento”. En definitiva, la Ilustración es el triunfo del pensamiento independiente, de la razón y de la lógica. En el terreno político, la Ilustración trae ideas que rompen directamente con el absolutismo. En primer lugar, el origen del poder político no proviene de Dios, sino del pueblo, que se lo entrega al soberano, sea para siempre, sea por un tiempo limitado. Otra idea revolucionaria es la división de poderes. En un estado de derecho los tres poderes del estado (ejecutivo, legislativo y judicial) deben estar separados y controlarse mutuamente. También aparece la idea de la separación entre estado e iglesia, y la subordinación de ésta a aquel. Pero el punto que más nos interesa en este momento es el de la igualdad. Durante la Revolución Francesa, la asamblea nacional redactó la declaración de los derechos del hombre y del ciudadano; un texto que serviría para la redacción de la actual declaración de los derechos humanos y a su vez muchas constituciones de países como EE. UU. También el código civil napoleónico, vigente aún hoy en día en Francia, bebió de la declaración de los derechos del hombre y del ciudadano. Este texto establece derechos que hoy consideramos básicos como la libertad individual, la propiedad y la igualdad ante la ley. El problema radicaba en que se estaba dejando en el tintero exactamente a la mitad de la población de Francia, ya que las mujeres no estaban incluidas en él. Un ejemplo: en caso de adulterio (considerado delito), la mujer sufría penas más duras que el hombre. Incluso los republicanos jacobinos más enconados esperaban que su mujercita les esperara en casa con un plato caliente de comida al terminar su día de lucha por la libertad y la igualdad… Sin embargo, hay que decir que la sociedad francesa del S. XVIII no era la misma que la de la Grecia clásica. Ni tampoco las mujeres eran las mismas. Sabemos que en los altercados de París y en el asalto a la Bastilla hubo mujeres que, mosquete en mano, se lanzaron a la calle. Las mujeres en la Francia revolucionaria no estaban dispuestas a contentarse con el rol de esposas y madres. En todo París aparecieron clubs políticos de mujeres a semejanza de los clubs republicanos a los que iban los hombres. En la alta sociedad cobraron fama ya desde el S. XVII salones literarios dirigidos por mujeres, a los que acudía lo más florido de la intelectualidad parisina, como el famoso de Madame Geoffrin. Y en 1791, Olympe de Gouges, una escritora y filósofa feminista, escribió el texto no oficial “declaración de los derechos de la mujer y ciudadana”. Próxima a los girondistas, fue guillotinada en 1793 en medio de la ola de ejecuciones del periodo conocido como “el terror”. Es interesante observar como Olympe, además de feminista, era abolicionista, y luchó con escritos y obras de teatro contra la esclavitud.

 

Estados Unidos fue el primer país en escribir su constitución basándose en la declaración de los derechos del hombre y del ciudadano. Lo primero que nos llama la atención es que no hay por ningún lado una declaración de la igualdad entre hombre y mujer. De hecho, no es hasta la decimonovena enmienda de 1929 cuando se permitiría el sufragio femenino en Estados Unidos. Gracias a la autora Elisabeth Fries Lummies Ellet, sabemos que durante la independencia de Estados Unidos las mujeres tuvieron un papel determinante. La obra de Fries, The woman of the american revolution, tuvo que ser escrita en dos volúmenes debido a su magnitud, y en una edición posterior se añadió incluso un tercer tomo. Sin embargo, su contribución no hizo que se las tuviera en cuenta al escribir la constitución del país.

 

¿Y cuál es la situación en la actualidad? A menudo escuchamos que la lucha feminista ya ha conseguido todos sus objetivos, al menos en los países industrializados. Como es un tema sumamente subjetivo, debemos abordarlo utilizando datos. La ONU analiza, desde hace años, el desarrollo de los países basándose en diferentes parámetros, con los que se calcula un índice que va desde 0 (subdesarrollo total) a 1 (máximo desarrollo). Es el índice de desarrollo humano de la ONU llamado HDI en sus siglas en inglés. Paralelamente a este índice, la ONU tiene otro llamado GDI, que es como el HDI pero separado por sexos (Gender Related Developement Index). Otro índice muy útil es el GGGI (Global Gender Gap Index), que mide más parámetros, como el acceso de las mujeres a altos puestos en la administración o la diferencia entre la riqueza acumulada por hombres y mujeres. Pues bien, actualmente, no hay ningún país en el planeta Tierra donde el desarrollo de la mujer sea igual al del hombre. En todos los países del mundo las mujeres están en una situación de inferioridad al hombre. Podríamos fijarnos en países en los que la situación de la mujer sea claramente de inferioridad, como el mundo Árabe; pero para observar la desigualdad es mejor mirar los países más “feministas” del globo. Incluso en Noruega, país que se encontraba en primera posición en 2015 en el GDI y en segundo lugar por detrás de Islandia en el GGGI, la situación de la mujer no es exactamente la misma que la del hombre. Hay que decir, sin embargo, que el país ha conseguido prácticamente la igualdad gracias a políticas activas desde hace muchísimos años. ¿Es casualidad que el país con más grado de igualdad del mundo sea al mismo tiempo el más desarrollado? No. Sabemos que el grado de igualdad entre géneros es más alto cuanto más desarrollado esté un país. Una de las características típicas de los países subdesarrollados es el alto grado de inferioridad de la mujer respecto al hombre (más tasa de analfabetismo, menor esperanza de vida, menor acceso a infraestructuras básicas, etc…) Es decir, feminismo y progreso van siempre de la mano. Y ésta no es solo una cuestión moral (que también), sino una cuestión de pura inteligencia. Países que no promueven políticas activas de igualdad están desperdiciando una parte importante del potencial de su población.

 

 

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