Saturday 20th April 2019,
Sede Revista – Revista Cultural – Torrelavega

Ni patios ni limoneros

por Mariano F. Urresti

SEDE me pide un artículo cuyo tema guarde relación con las basuras, y debo confesar que he barajado diferentes posibilidades como eje narrativo: la Conferencia Episcopal y las continuas salidas de tono de algunos de sus integrantes, la intoxicante obsesión por diferenciar ahora “nuevas políticas” y políticas “viejas” –como si todos fuéramos tontos y no supiéramos que no hay nada nuevo bajo el sol ni presentes sin pasado, incluido el de los abanderados de la “pureza” democrática-…, pero finalmente me he decantado por hablar de un tiempo y un barrio que conocí muy bien, porque allí me crié. Por entonces, las pequeñas colinas de escombro y basura que se acumulaban donde hoy se alza Julio Ruiz de Salazar eran una zona de juego para los niños. En definitiva, decidí mirar por el espejo retrovisor…

Mi infancia no son recuerdos de un patio de Sevilla, ni aún mucho menos contienen huertos claros donde madura el limonero. Mi infancia son recuerdos de un barrio obrero situado en el extrarradio de Torrelavega. La distancia entre uno, el barrio, y la otra, Torrelavega, parecía sideral. El propósito de “ir a Torrelavega” tenía cierto aroma épico. No existía, naturalmente, al Avenida del Besaya, ni siquiera la mayoría de los edificios que componen el barrio en la actualidad. Pero en aquellos días no era únicamente eso lo que escaseaba.

Durante la dictadura franquista se construyeron colmenas para obreros. Lugares donde la clase trabajadora se reproducía. Mientras, la élite política, económica y religiosa albergaba la esperanza de que también se reprodujese la convicción de que los vecinos tenían una estatura menor que la de sus gobernantes. El barrio carecía de un saneamiento decente, y recuerdo como si fuera hoy cómo se inundaba periódicamente el portal de mi casa. Y no había limoneros, como en la infancia que Antonio Machado evoca en su poema, sino ratas; ratas enormes que iban y venían a su antojo por las montañas de escombros situadas donde hoy alza el complejo de Ruiz de Salazar.

Al parecer, no se estimaba necesario que los obreros tuvieran colegios, de modo que no fue hasta tiempo después de que yo naciera que se construyó el colegio Ramón Menéndez Pidal. Antes, asistí a la escuela particular que Doña Jacinta tenía en su piso. Allí aprendí las primeras letras, y aún recuerdo el tremendo lloro que me provocó el primer día de clase. Como éramos tantos y no había sitio en los bancos de madera, yo llevaba mi propio banquito de color blanco y asiento rojo que no estoy seguro si me construyó mi padre. Deberé preguntárselo, ahora que reparo en ello.

Al finalizar el cuarto curso de la extinta EGB, me incorporé al Menéndez Pidal: patio de piedras, no asfaltado; dos filas diferentes para niños y niñas; el temor a D. José María; la historia, según D. Amador; la maravillosa capacidad para el dibujo de D. Manuel; la severidad del entonces director, D. Jaime…

Luego llegó la iglesia. Llegaron los dominicos. Antes, la gente que asistía a misa lo hacía justo debajo de mi casa, en un bajo situado a la vera de donde estuvo la temible barbería de “Pepe”.

Confieso que a mí lo de la iglesia ni siquiera entonces me quitaba el sueño. No la frecuenté ni en los bajos de marras ni en su actual emplazamiento más allá de lo que obligaba la oficialidad religiosa aplicada desde el colegio y la costumbre. Y aún así, recuerdo los “Ejercicios Espirituales” (concepto que en sí mismo daría para un ensayo) y las insufribles sesiones de catequesis para hacer la comunión vestido de almirante de algún navío atracado en el muelle de mi fantasía.

Porque mi fantasía se fraguó en aquellos años, lejos de la iglesia y cerca de los cómics. Cada sábado por la mañana, mi madre hacía los recados y regresaba de la librería de “Las Pilis” con la última entrega del Capitán Trueno (conservo encuadernados todos los ejemplares desde entonces, cuando ya eran en color) y de “Pulgarcito”. Desde entonces, no paré de leer, y confieso que mi pasión por la historia tuvo su germen en las aventuras de Trueno, Goliat, Crispín y Sigrid. A bordo de aquellas páginas a color escapaba muy lejos, tanto que no parecía vivir en una época gris donde los derechos sociales y políticos no existían. Pero todo cambió un día cualquiera.

En la tele, en blanco y negro, apareció Arias Navarro anunciando que Franco había muerto. Yo era un niño de pantalón corto, pero posiblemente fue entonces cuando escuché por vez primera en casa “que le den por el culo”. Un estribillo que para mí, entonces, no tenía demasiado sentido, pero que lentamente comencé a comprender.

Para quien no tenga memoria o simplemente no pueda ejercer de notario de lo que sucedió en el barrio por entonces porque no estaba allí, diré que lentamente todo cambió. Franco había muerto, y la democracia irrumpió cambiándolo todo, y para bien. Las ratas fueron desapareciendo –los roedores y las otras-, y los escombros, también. Seguíamos comiendo pipas “La Pilarica” con la esperanza de que en el interior de la bolsa un día apareciera un papelito con un premio y no con el habitual “Repita”. Y mientras jugábamos al fútbol en el único patio de mi infancia que recuerdo (el de Amancio Ruiz Capillas), llegó otro colegio, y reverdeció la vida. Los niños podrían jugar en pabellones de deportes y no a meter goles bajo los bancos de madera de un parque destartalado o llenándose de calamina en los Depósitos de la Mina.

Si me preguntan si cualquier tiempo pasado fue mejor, diré que no. La nostalgia es un peligroso veneno. Prefiero el color de la democracia al gris de la dictadura. Ni siquiera echo de menos al Capitán Trueno, pues siempre que quiero me subo a bordo de su globo o de su drakar vikingo rumbo a Thule gracias a que tuve la precaución de poner a buen recaudo mi memoria y sus cómics.

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