Tuesday 25th June 2019,
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Otras amistades

por Mariano F. Urresti

Voy a decorar la empuñadura de este artículo con las palabras pronunciadas por el jefe indio Dan George, quien fuera el líder espiritual de la Primera Nación: <<Si habláis con los animales, ellos hablarán con vosotros y podréis llegar a conoceros. Si no les habláis, nunca les conoceréis y lo que no se conoce se teme. Lo que se teme se destruye>>

A lo mejor es por eso. A lo mejor ése el motivo por el que el ser humano, de un modo continuo y obsesivo, se ha alejado del mundo animal al que, por más que pretenda disimularlo con filosofías y perfumes, pertenece. Tal vez es por eso, porque ha olvidado hablar con los animales, por lo que ha conducido a numerosas especies a la extinción o los umbrales de la misma. Por eso, voy a escribir sobre otras amistades. Por eso, y porque la amistad entre humanos hace mucho tiempo que me genera dudas.

Los ejemplos de perros y gatos cuya devoción por sus dueños les conduce a la muerte por tristeza cuando su amigo humano ha fallecido son tan numerosos, que voy a sortear la tentación de hablar de algunos de ellos. Además, eso supondría mezclar a los humanos en un artículo sobre la amistad cuyo objetivo primordial es demostrar que se puede escribir sobre la amistad sin que haya humanos de por medio.

Leo a la insigne Jane Goodall que ella conoció en cierta ocasión a una perra que comenzó a producir leche cuando un día apareció en la casa una gatita recién nacida. La gata y la perra entablaron una relación que trasgredía las normas incluso de la amistad. El felino mamó de la perra, y gracias a ella sobrevivió.

James Herriot dio cuenta de la bellísima relación de amistad que entablaron un pequeño gato y un cerdo, pero tal vez una de las relaciones de amistad más extraordinarias de las que he tenido noticia fue la protagonizada por un perro llamado Chino y un pez que atendía por el nombre de Falstaff.

Para empezar, a pesar de los nombres que los humanos les pusieron, ambos eran animales en primer lugar. Uno de ellos era un perro, y el otro un pez, nada más y nada menos. Más tarde habría que añadir que el perro era un goleen retriever y que tenía 9 años de edad. Por su parte, el pez era una carpa y había crecido hasta alcanzar la medida de 38 cm.

Durante seis años, el perro acudió periódicamente hasta la laguna donde vivía el pez. Chino se aproximaba a la orilla y aguardaba a que Falstaff nadase hasta él y lo mordisquease las patas. Luego, el perro se quedaba en silencio, contemplando a su amiga de un modo enternecedor.

Sucedió que los propietarios de Chino, la familia Heath, tuvo que trasladarse de casa y decidieron llevarse la carpa con ellos. Una vez instalados, construyeron un estanque artificial para que perro y pez siguieran manteniendo aquella amistad sincera, silenciosa y extraordinaria.

Este hermoso ejemplo de amistad es tan sólo uno de los muchos que podría traer a colación en este artículo, pero este artículo –como sucede tantas veces con la amistad entre los humanos- tiene una medida que no puedo superar. Y cuando las líneas suman las precisas, el artículo –como la amistad entre los hombres- concluirá.

No obstante, no me resisto a recordar una historia publicada en diciembre de 1994 en la revista National Geografic protagonizada por un magnífico oso polar de 454 kilos de peso que se había hecho uña y carne de un perro esquimal. En el artículo aparecían las fotografías de ambos jugando despreocupadamente en la localidad canadiense de Churchill.

Para que sepan más de ellos, les diré que el perro se llamaba Hudson, aunque eso a él le traía sin cuidado –como a todos los perros-. Hudson vio al oso –de cuyo nombre no tenemos noticia alguna y tampoco creo que a él le preocupara realmente la circunstancia de no haber sido bautizado- y se aproximó a él con menos cautela de la que en principio parecía adecuada. De hecho –y esto es algo que sólo quienes conocen bien a los perros sabrán interpretar- en su aproximación llevaba dibujada en su cara esa sonrisa lobuna de felicidad que tantas veces yo mismo he visto en aquellos perros que han tenido a bien compartir su vida con la mía.

El oso miró al perro con sus ojillos y comprendió lo que quería Hudson. Y así comenzó el juego el primer día. Y digo el primer día, porque la amistad entre ambos se prolongó durante las semanas necesarias para que el frío volviera a construir el mundo de hielo que tan grato resulta al oso polar.

Llegado el frío y formado el hielo, el oso partió hacia su destino. Pero estoy seguro de que aquella amistad no se quebró por un comentario, por un dinero no devuelto, por una mentira, por una disputa amorosa, por un mero interés comercial.

Creo que resultaría apasionante y enriquecedor tener amigos como Hudson, como el oso polar, como Chino o como la carpa Falstaff. Afortunadamente, cuando termine de escribir estas líneas me aguarda Duende, dispuesto a jugar conmigo sin condiciones y sin otra pretensión que la de ser mi amigo.

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