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Y la Tierra conoció al ser humano…

por David Gutiérrez Ferreiro
Geógrafo / Educador Ambiental

Según varias hipótesis científicas, la Tierra se originó hace unos 4.550 millones de años y mil años después surgió la vida en el planeta gracias a la condensación del vapor de agua. Elemento éste cuya importancia es trascendental para el equilibrio vital del globo terráqueo, conformando la hidrosfera, que ocupa más del 70% del planeta.

Esto último es significativo: ya empezamos creándole a nuestro planeta un conflicto de identidad “elemental” cuando, a pesar de este predominio del agua, tuvimos la osadía de llamarle Tierra. Planeta azul, sí… ¡pero vamos a llamarle Tierra!

Su nombre procede del latín Terra, equivalente a la diosa de la fecundidad Gea. Pero, paradójicamente, el ser humano se empeña en conseguir lo contrario: en lugar de buscar su fertilidad a lo que conducen sus actos es a la esterilidad.

Este hecho ya demuestra que el planeta y el ser humano nunca se han entendido muy bien, siendo éste último su principal expoliador, violando hasta lo más profundo sus entrañas.

El agua, como el propio planeta, está en continuos procesos de cambio de estado. Éstos se han dado con una mayor relevancia y continuidad en el tiempo durante algunas eras y por eso se han conocido periodos donde los hielos permanentes cubrían gran parte de la superficie terrestre, las épocas de las famosas glaciaciones. Pero también se dieron períodos de ascensos y descensos de los niveles en las aguas, que junto con los movimientos orogénicos-tectónicos han dado lugar a la configuración actual del astro que habitamos.

Vivimos una época que podría definirse como antropocéntrica, al situar al ser humano como el centro del Universo, situándole como el fin absoluto de la naturaleza y punto de referencia de todas las cosas. Es más, van a permitirme la licencia de acuñar un nuevo término y definir la época actual como “antropoegocéntrica”, donde la mayoría de las veces el individuo sitúa única y exclusivamente su persona en el centro del debate, aún a sabiendas de que esto pueda suponer perjuicios para sus semejantes y el medio que les rodea.

En la Tierra, desde sus orígenes, existen organismos de mayor o menor tamaño, que tiene una importancia trascendental en el devenir de la vida en el planeta. Procesos como la fotosíntesis, el equilibrio de los gases en la atmósfera, la creación y destrucción de suelos, los ciclos biogeoquímicos, etc. nos hablan de un planeta donde han tenido su importancia células eucariotas, gases, hongos, células vegetales, animales… pero donde sin duda, el mayor agente de cambio o desestabilizador ha sido el ser humano, que ha acelerado los procesos perniciosos con el medio ambiente a partir del creciente desarrollo de sus actividades económicas dentro de un sistema capitalista.

Existen corrientes que se oponen frontalmente a las teorías que advierten que estamos ante un proceso de Calentamiento Global del planeta. A menudo éstas se basan en posicionamientos políticos y argumentos negacionistas con poco recorrido.

Sin ahondar demasiado en estudios técnicos o un baile de cifras, está claro que la Tierra está en un proceso de cambio climático, que posiblemente haya tenido su réplica en épocas pasadas, pero que sin duda no se agravó entonces por las actividades humanas como en la actualidad.

La evaluación del cambio climático más completa jamás realizada es la que procede del Quinto Informe de Evaluación del IPCC, producida por más de 800 científicos y publicada el pasado año 2014. Ésta llega a una rotunda conclusión: El cambio climático amenaza con impactos irreversibles y peligrosos, pero existen opciones para atenuar sus efectos.

En el informe se expresa con mayor certidumbre que en anteriores evaluaciones el hecho de que las emisiones de gases de efecto invernadero y otros impulsores antropógenos han sido la causa dominante del calentamiento observado desde mediados del siglo XX. Los impactos se han extendido en todos los continentes y océanos.

Si la sociedad no pone remedio, nos encaminamos hacia un calentamiento de 4ºC para 2100 y reduciendo emisiones, sería a menos de 2ºC, con lo que los riesgos en los sistemas naturales y humanos a los que estamos avocados son irremediables.

Globalmente son evidentes los fenómenos extremos que azotan a la Tierra, que van desde períodos singulares de lluvias extremas a lugares donde la sequía está ganando terreno a pasos agigantados. Por no hablar de la contaminación atmosférica, de los océanos, los recursos hídricos o de nosotros mismos a través de la propia cadena alimenticia.

Estos son sólo algunos ejemplos de los efectos que sobre la Tierra tiene la virulencia a la que la sometemos. Las causas estarían detrás de los incendios, un urbanismo feroz, la destrucción de masas forestales, el fracking y otro tipo de perforaciones, la pérdida de biodiversidad a partir de la introducción de especies exóticas, el aumento del consumo de combustibles fósiles, la creación de una ingente red de vías de comunicación… Y podríamos estar así durante horas, pero lo que subyace es siempre la mano del ser humano.

¿Y qué podemos hacer? Pues ya que estamos frente a este escenario, por qué no ir por una vez por delante de los problemas y prevenir o intentar reducir los posibles efectos del daño sobre la Tierra.

Para ello es necesaria planificación; es decir, dejar de lado medidas puntuales que sólo sirven para momentos precisos, bonitas fotos y un derroche de ingentes cantidades de dinero. Es el momento de gestionar la Tierra como nuestro mayor tesoro, de la que debemos dejar el mejor legado posible para las generaciones futuras. Esto puede conseguirse con medidas que a partir de su custodia local, generando una mitigación de las presiones a las que la sometemos en todo el mundo, nos permitan conservarla. Porque su conservación es nuestra conservación, y con ella la posibilidad de habitar en un mundo futuro con una cierta calidad de vida.

Es el momento de pensar en la Tierra como un recurso económico, pero no para su expolio o sangrado, sino como ahorro del despilfarro de capital que los desastres a los que la sometemos supone; como fuente de energías renovables, de alimento, o como recurso para la salud, por el mero placer de observar todo aquello que la naturaleza nos regala día a día a nuestro alrededor.

La solución puede encontrarse a gran, pero también pequeña escala, con gestos individuales. Intentando pasar de una sociedad basada en un sistema de producción y consumo a uno que busque el equilibrio. Un equilibrio que quizás se alcance al hacer una apuesta valiente, de una vez por todas,  por un nuevo modelo como el que parte de tesis decrecentistas.

Se necesita esa voluntad de cambio por el futuro del planeta. El conocimiento, conservación y mejora de todo lo que nos rodea pasa por esas pequeñas acciones nuestras del día a día. Yo lo tengo claro, ¿y tú?

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